La devoción que el pueblo de Rute profesa a la sagrada imagen de Nuestra Señora del Carmen es el resultado del fervor cultivado por decenas de generaciones durante los más de tres siglos que nuestra Madre lleva entre nosotros.

La advocación carmelitana tiene su origen más remoto en el siglo XII en Tierra Santa, cuando la Virgen María se apareció esplendorosa en una nube en el Monte Carmelo, provocando la conversión de aquellos que presenciaron la escena. Una aparición que ya fue profetizada por San Elías en el II Libro de los Reyes. Aunque el punto de inflexión lo marcó la jornada del 16 de julio de 1251 cuando la Virgen del Carmen, ataviada con el hábito carmelita, entregase el Santo Escapulario a San Simón Stock, presentándose de esta manera como intercesora de las Ánimas del Purgatorio. El reconocimiento del Privilegio Sabatino por parte de Juan XXII en 1322 será la confirmación, por parte de la Iglesia, de la facultad de nuestra Señora para salvar del fuego del Purgatorio a las almas devotas del Carmen, a condición de que a la hora de su muerte cumplieran los preceptos que están asociados al vestir el Escapulario. En este momento la expansión de la devoción al Carmen pasaba a ser imparable

A partir del siglo XVI, el vigor de la reforma teresiana de la Orden del Carmen iniciada por Santa Teresa de Jesús en 1562 junto a San Juan de la Cruz, indujo una expansión extraordinaria de los preceptos carmelitanos por toda la geografía española y americana. Especialmente relevantes para la irradiación del culto a la Virgen del Carmen fueron los siglos XVII y XVIII, de la que nuestra tierra fue protagonista tal y como demuestran el tamaño y la importancia de los conventos carmelitas que se esparcen por toda Andalucía.

En este contexto se enmarcan los inicios del culto a la Virgen del Carmen en la villa de Rute, puesto que las cercanas localidades de Benamejí y Lucena poseían pujantes conventos carmelitas. Antequera, aunque más alejada, también pudo ser el origen del Carmelo ruteño a razón de la presencia de sacerdotes carmelitas de aquella ciudad que durante el siglo XVIII predicaban los cultos a nuestra Señora. Con toda lógica parece ser que esas comunidades religiosas, a través de sus recorridos pastorales por la comarca, implantaron su devoción por toda la comarca, como atestigua la profusión de imágenes de la Virgen del Carmen veneradas en la mayoría de las localidades y aldeas de la zona sur cordobesa.

Más destacable aún es el hecho de que varios priores del convento de Carmelitas Descalzos de San Cayetano de Córdoba fueran originarios de Rute, precisamente en los años en los que la Cofradía de nuestra Patrona comenzó a tener actividad. Por esta razón, también hay que contemplar la posibilidad de que el desembarco de la devoción carmelitana en nuestra localidad fuese iniciativa de estos frailes de procedencia ruteña.

No obstante, los ruteños y ruteñas ya tenían una cierta predisposición a acoger de la devoción al Santo Escapulario, puesto que poco después de la erección canónica de la Parroquia Mayor de Santa Catalina, la Cofradía de las Benditas Ánimas del Purgatorio era ya una de las cofradías más populares y con más hermanos. Esto puede explicar el rapidísimo desarrollo del que gozó la devoción a la Santísima Virgen del Carmen desde su llegada a la localidad.

No hay duda de que en 1692 la Cofradía ya estaba en funcionamiento. En un principio, la parroquia de Santa Catalina Mártir era su sede canónica aunque en 1698 el auge de la Cofradía y el aumento de los ingresos permitieron comenzar las obras de construcción de la ermita propia. Tras los desperfectos ocasionados por el Terremoto de Lisboa, el Carmen albergó a la parroquia hasta la finalización de los trabajos del nuevo edificio.

A mediados del siglo XVIII la fiesta principal ya se había trasladado del 16 de julio al 15 de agosto, poniendo de relieve la repercusión que en el pueblo tenían los festejos en honor a la Virgen del Carmen. Situar la fiesta después de la cosecha permitiría a los feligreses participar activamente en la misma.

Poco a poco la actividad cofrade fue creciendo hasta tal punto que, a pesar del envite económico de las desamortizaciones del siglo XIX, el culto se mantuvo gracias a las numerosas aportaciones de los hermanos y a la impagable labor que los Hermanos de la Aurora desempeñaban recorriendo los cortijos cercanos para obtener productos que posteriormente eran vendidos.

Tanto es así, que el Carmen desarrollaba una labor caritativa de profundo calado para toda la sociedad, muy relacionada con la esencia de la Orden del Carmen. Los libros de cuentas conservados en el archivo parroquial atestiguan numerosos pagos de medicamentos y citas médicas para los hermanos sin recursos para costear estos servicios. Igualmente importante era la atención religiosa que la Cofradía dedicaba a todos sus hermanos difuntos, colgando en el balcón de la casa del fallecido el estandarte carmelitano y rezando para que la Virgen del Carmen acogiese el alma del difunto. Si era necesario, también se hacían cargo de los gastos de sepelio, misas por el sufragio de las almas y se proporcionaba la caja para ser sepultado dignamente.

En esta dedicación a las ánimas de los difuntos está el motivo real y verdadero que explica la expansión del Carmelo por toda la geografía cristiana. Ésa es la verdadera esencia del Carmen ruteño aunque haya ido perdiendo en los últimos cincuenta año. Sólo nuestros mayores siguen atesorando en sus corazones esta devoción primitiva a la que debemos volver cuanto antes.

En la tercera década del siglo XX, tras un periodo de crisis de la Cofradía a consecuencia de la gripe de 1918, la actividad cofrade vuelve a resurgir con todo esplendor aunque la devoción del pueblo de Rute había permanecido inalterable pese a la decadencia de la Junta de Gobierno. A petición de las instancias eclesiásticas y civiles de la Villa, Ntra. Sra. del Carmen es declarada Patrona de Rute por Pío XI a través de un Breve Pontificio expedido el 13 de febrero de 1924. Este nombramiento fue celebrado con cultos y actos extraordinarios durante la última semana de abril y la primera de mayo de ese mismo año.

Desde este momento, entramos en otra edad de oro de la devoción carmelitana, en el que la Cofradía pasó a ser Archicofradía y en la que destacaron episodios de piedad popular que fueron hitos sociales en su día. Así fue la celebración de los 50 años del patronazgo, para los que se programaron unas serie de actividades de unión entre los ruteños, tal y como atestiguan los testimonios de las personas que vivieron esos actos y las numerosas fotografías que muestran al pueblo de Rute haciendo gala de la devoción mariana que lo caracteriza.

Las huellas del fervor popular siguen siendo visibles en hábitos de la vida cotidiana como es el trasiego diario al Santuario para rezar a nuestra Patrona, el enorme porcentaje de ruteñas que reciben por nombre Carmen o cualquiera de sus variantes, la asistencia masiva a los cultos anuales o la multitud de favores que hoy sigue concediendo a los fieles que se encomiendan a Ella.

El inmenso legado religioso que hemos heredado de nuestros antepasados es un tesoro que se pondrá de relieve a medida que nos acerquemos a la Coronación de la Virgen. Ahora somos nosotros los responsables de continuar el camino trazado por las generaciones que nos precedieron. Tenemos la inmensa suerte de ser los elegidos para escribir una nueva página de la Historia del Carmen: la Coronación Canónica de la Patrona de Rute.