Por Agustín Camargo Repullo

La imagen de Nuestra Señora del Carmen, largo tiempo relacionada con Luisa Roldán “La Roldana”, ha sido atribuida al escultor granadino Diego de Mora (1658-1729). Su hechura puede datarse con toda probabilidad a finales del siglo XVII, concretamente entre los años 1685 y 1692, fecha ésta última en la que ya existía la hermandad que le rinde culto; por tanto, concuerda de pleno con la apertura del taller del autor, que tuvo lugar en 1684, así como el inicio de la construcción de la ermita que la cobija.

Se trata de una imagen, en origen de candelero, que ha sufrido varias intervenciones a lo largo de su historia material; de ellas, la de mayor envergadura seguramente sea la llevada a cabo por Luis Ortega Brú allá por 1975, con el fin de acoplarle un cuerpo tallado con un sencillo hábito carmelita, se ocuparía igualmente de modelar la cabellera recogida en moño que luce bajo la peluca de pelo natural. Recientemente, el imaginero cordobés Francisco Romero Zafra ha sido el encargado de restaurar tanto la imagen del Niño Jesús, que ha recuperado gran parte de su policromía original, como las manos.

Pese a la idea generalizada de que la escultura pudiera haber llegado hasta nuestros días muy alterada, nuestras labores de investigación han demostrado que su aspecto originario sólo habría sido modificado en lo que respecta a la policromía y los ojos, en la actualidad pintados, frente a los primitivos de cristal que, sin lugar a dudas, tuvo. Ha sido posible extraer estas conclusiones mediante la comparación con otras tallas marianas vinculadas a la producción de Diego de Mora, especialmente con aquella que podríamos denominar su “gemela”: Santa María Madre de Dios del Real Monasterio de Comendadoras de Santiago de Granada.

De igual modo, en la misma provincia de Córdoba, hallaremos imágenes que presentan grandes similitudes con la patrona ruteña, tal es el caso de la Virgen Madre de la Parroquia del Carmen y la Inmaculada Concepción de la ermita de Ntra. Sra. del Valle (h. 1720), ambas en la vecina localidad de Lucena; Nuestra Señora de la Aurora, patrona de Montilla (1698), que recibe culto en la parroquia de San Francisco Solano; la Purísima del convento de San Francisco de Baena; María Stma. de la Aurora de la iglesia de Santa Ana de Carcabuey; y, finalmente, la Inmaculada de la iglesia de San Pedro de Priego.

Nos encontramos ante imágenes en las que domina una expresión de serenidad, de mirada dulce y amable, un poco baja para interactuar con el fiel; con grandes ojos almendrados, cejas finas y arqueadas, una personalísima nariz, recta y un tanto prominente, surco nasolabial visiblemente marcado, y boca menuda de carnosos labios, que, aunque cerrada, esboza una sonrisa. Resta señalar lo terso de las mejillas, pómulos resaltados y barbilla destacada, con hoyuelo; en lo que respecta al cuello, éste será esbelto y cilíndrico.

Son, en definitiva, imágenes de una belleza idealizada, a la par que humanas y cercanas, imágenes que transmiten y mueven a la devoción; imágenes sumamente delicadas, rebosantes de elegancia y majestuosidad. En cuanto a las manos, los dedos índice y pulgar de la derecha se unen para sostener el cetro, mientras que la izquierda aparece extendida horizontalmente en actitud de sostener el cuerpo del divino infante. Todas estas características comunes que hemos enumerado se dan igualmente en la Inmaculada de la iglesia de San José de Granada y la Virgen del Carmen de Úbeda.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl Niño por su parte, aparece como sentado en el antebrazo, con las piernas suspendidas en el aire y las rodillas flexionadas, quedando uno de los pies, en este caso el izquierdo, más elevado. Los brazos, más o menos separados del tronco, se extienden hacia delante; con unas manos, de finos dedos trabajados con esmero, que gesticulan en ademán de portar algún atributo. Por lo demás, vemos esas carnes blandas y regordetas propias de los bebés, que hacen que se formen pequeñas arrugas en la piel.

En lo que respecta al rostro, sus rasgos son: cara redondeada, de frente despejada y barbilla levemente marcada, destacando esos abultados carrillos, que flanquean una boca menuda y entreabierta; la nariz, típicamente infantil, es pequeña y un poco chata; mientras que los ojos, de cristal, son grandes y un poco rasgados, de mirada viva y juguetona. Del pelo, castaño y trabajado en mechones, destaca esa honda en el flequillo.

Entre las representaciones del Niño Jesús que debieron salir de la mano de Diego, presentan importantes paralelismos con el ruteño los de la citada imagen del Carmen de Lucena, la Virgen de la Paz de la parroquia de San Cecilio de Granada, la Virgen de la Consolación o “Abadesa” del convento granadino del Santo Ángel, o la Virgen de las Nieves de Dílar (Granada).